Existen muchas personas que
participan en las marchas, el twitter, el facebook, pero lo que los une es una preferencia anti-PRI.
Comparten un desprecio al sesgo de las empresas televisivas aunado, comúnmente
dentro del movimiento a una preferencia por el candidato de la izquierda o un
repudio al candidato del PRI.
Los ejercicios por definir el
movimiento no han sido concluyentes pero los resultados de la primera asamblea
interuniversitaria pasan por el desconocimiento de un resultado electoral si es
que resulta adverso a sus preferencias. Esto no quiere decir que todas las
personas que participen en la marcha estén a favor de esto, o que de estarlo
consideren que el movimiento representa esto, aunque muchos lo consideran una
posibilidad si hay una percepción de fraude en los resultados electorales.
Lo que sucede debe ser similar a
lo que ocurre con la religión católica donde uno puede adoptar la etiqueta sin
dar menor crédito a las partes más macabras de la biblia ni seguir la ideología
a detalle, incluso sin realmente conocerla. En ese sentido el movimiento refleja
enojo y deseo de acción, elementos típicos pero interesantes que tienen un
valor por sí mismos y que desaparecerán después de la coyuntura. Los elementos
más peligrosos del movimiento yacen en sus fundamentos ideológicos, creados a posteriori, que se basan en la
expectativa de fraude, en el no reconocimiento de los resultados institucionales
si no favorecen al candidato de su preferencia y un deseo, sin aclarar como, de
“democratización” de medios.
Es en estas ideas donde se
encuentra el potencial destructor del movimiento. El desconocimiento de los
resultados institucionales es una receta para la destrucción del México
democrático moderno, es echar por la borda la construcción de instituciones que
respaldan y protegen el ejercicio democrático del voto. Es ante todo la
capacidad de ejercer un sesgo selectivo ante las instituciones del estado
válidas, las que respaldan nuestros gustos y preferencias, y aquellas que no
son válidas, las que dan la victoria a otro, las que protegen a los cárteles mediáticos.
La pretensión democratizadora de los medios es profundamente
antidemocrática, la regulación requiere un criterio, el criterio es un sesgo,
un discurso de poder, a menudo del centro, del status quo, para muchos #132 de una imaginaria izquierda
institucionalizada. Es generar un diagnóstico a partir de un resultado
imaginario sin analizar los incentivos que genera nuestra propuesta. La equidad
y la libertad son conceptos incompatibles, contradictorios, la equidad dicta el
generar mecanismos que redistribuyan, la riqueza, el poder el acceso, es dar
poder a un criterio que se pretende superior.
La libertad es permitir el sesgo y la diferencia, el gran
problema con los medios del país no es la falta de equidad o la libertad de
apoyar con sesgo descarado al grupo de intereses que les convenga u ofrecer un
servicio a cambio de un ingreso, ambos elementos de la libre empresa.
El problema es la falta de
competencia que genere alternativas y que desconcentre el poder y la pretensión
falsa de equidad desde donde construyen su discurso. Una mayor apertura
mediante menores costos de entrada, subasta y multiplicación de los canales
públicos crearían la impresión favorable de lo que se ha mal conceptualizado
como equidad. La rendición de cuentas, de empresas mediáticas privadas y de
asociaciones que viven de ingresos públicos como los partidos y el dinero que
reciben del IFE, permitirían tanto aumentar la diversidad de opiniones,
disminuir la concentración de poder y aclarar los sesgos existentes. No hay
delito en la venta de contenidos ni de tiempo, las preguntas relevantes
legalmente tienen que ver con el origen de los fondos y las condiciones
impuestas para nivelar[1]
las elecciones, esa es la discusión. ¿Está el sector abierto? ¿Privilegiamos a
un cartel mediático? ¿La colusión bajo las reglas actuales pone en peligro la
contienda? Son preguntas válidas que hace mucho tiempo requieren respuesta.
El pretender democratizar medios
(¿según qué criterio?), desconocer al árbitro (“se está gestando un fraude”),
hacer un movimiento “ciudadano” que representa sólo a los que apoyan cierto
candidato (una importante y valiosa minoría[2])
y pretender que sus decisiones sean universales son delirios de un borrachera
de poder. El movimiento llena un importante vacio coyuntural con una plataforma
ambigua que cuando ha pretendido definirse cae en la autocomplacencia, el
exceso, y el desconocimiento institucional. En esta toma de conciencia las
juventudes incurren en cosas que superficialmente son deseables pero
constituyen el germen de un aparato autoritario, autoritarismo que parece ser
el corazón de todo movimiento que pretende tener toda la verdad.
[1]
Uso la palabra nivelar pero no quiero decir igualar, ni equidad en la contienda,
el IFE no genera elecciones en condiciones de igualdad, un ejemplo es que el
principal criterio para repartir dinero es el status quo, la cantidad de votos
obtenida en las elecciones anteriores.
[2]
Tal vez primer minoría, veremos si gana AMLO.