miércoles, 12 de octubre de 2011

Una taxonomía del poder


Comentamos en la plática, o escribimos desde fuera, sobre el régimen dictatorial, sobre la participación política, sobre los derechos de los ciudadanos de otros países. Lo hacemos con cierta pedantería y la discusión suele irse hacia regímenes en los que la ausencia o el simulacro degradan un proceso que se nos ha indoctrinado como puro y que se revierte de cierto halo místico, la elección democrática.

Estos ejercicios periódicos suelan bastar para colocarnos en una clasificación distinta, nuestro régimen es democrático porqué firmamos un papel y el papel, junto con millones de papeles similares, se cuentan y se decide. Ponemos un cacahuate diminuto en una licuadora gigante y a cambio aceptamos el sabor de la salsa, no importa cuál sea.
Pero toda distinción es humana, la separación tiene sentido sólo en la forma en la que nos relacionamos con el mundo, pero no hay nada más profundo, no hay una verdad atemporal en el fondo de las cosas que sea desvelable a través de la simple separación sistemática. Un arte donde los que lo practican saben bien esto es la taxonomía, la separación artificial de seres vivos a partir de criterios de semejanza y apariencia.
La taxonomía, la vieja, la de lineo por ejemplo, vista en el aire moderno de los tiempos es como la astrología, ambas se basan en la observación y en la causalidad no falseable. Se puede discutir largamente si es más propicia esta o aquella alineación de los planetas para los negocios o el matrimonio y si este apéndice tiene más o menos que ver con aquel otro apéndice.
Si la clasificación es, por ejemplo, funcional un par de apéndices parecidos al servir uno para adherirse a las rocas y otro para envolver a la presa son distintos. Pero no hay un criterio claro y final sino una enorme serie de reglas pequeñas, de criterio, intuitivas. Pero así como la astrología tiene a la astronomía la taxonomía dispone de un invento de la modernidad que es la genética[1]. Ambas ciencias contemporáneas tienen cierto silencio y profundidad, una especie de certeza que sobresale en un mundo que amenaza con carecer de certezas.
Así la genética permite otro criterio de cercanía, la de la unidad evolutiva, el gen. Un gran teórico científico, y nefasto fanático ateo, Richard Dawkins, hizo este planteamiento a finales del siglo pasado, no es la especie, no es el grupo, no es el individuo ni el organelo, es el gen quien se reproduce y no somos sino colonias cooperativas de grupos de genes que sobreviven porqué sobreviven, la tautología de la especie, el principio antrópico simple aplicado a la cotidianidad de lo incuestionable.
Curiosamente la genética, como ciencia, y la alteración genética, como práctica, combinadas arrojan resultados profundamente contraintuitivos; por ejemplo, este grano de maíz mezclado con cal y agua hecho pasta y cocido y que forma la sabrosa gordita de piel prensada de cerdo hervida en una mezcla no homogénea de chile verde y tomate macerado en cuenco de piedra volcánica que estoy degustando es bastante cercano a un tipo de pez. Comparten, de primera mano, un gen, idéntico, gen que permite que el maíz sintetice un tipo de proteína cuyo sabor y olor resulta desagradable a las langostas, limitando el impacto de la plaga en la cosecha. Son el maíz, y el pez, primos, comparten una parte de la genética.
La taxonomía política es así, tal régimen es comparable en el sentido de que hablamos de cosas muy similares, propiedades emergentes de organizaciones de organismos similes, pero que para fines prácticos las propiedades emergentes dependen de fenómenos subyacentes complejos. Chavéz y el Ayatola no están más cerca que el presidencialismo mexicano y el gringo que lo inspira, la legislación californiana de emisiones se parece a la japonesa pero una surge en un régimen con un pasado democrático y otra proviene de una democracia surgida de estados autónomos coordinados por un poder imperial.
Si Chavez es como Ameniyad, y si India crece o no como China, son comparaciones casi inútiles, regímenes producto de las primeras propagaciones de genética legislativa, genes democráticos que nacen de la Ilustración, mitocondria madre, pero que encuentran un fenotipo distinto, un simulacro en Cuba, un proceso acotado en México, un Federalismo, leamos a Madison, Hamilton, Jay, que desprecia lo democrático e implanta el tamiz del colegio electoral, termina siendo la “el faro democrático” de la mujer gigante de hierro que bendice a los migrantes con ley y luz.
No, no es esto sino legislación similar en contextos distintos, el pez genera la proteína con la que controla el flujo de oxigeno o llama a la pareja, o sintetiza lo que sea que coma y en el maíz aleja a la plaga. Ambos pez y maíz son objetos que ignoran el proceso o el designio al que los somete la genética que es destino que desconoce la circunstancia y así supera la paradoja de lo predefinido y lo caótico. Esto es la política, México tiene genes de pez pero no es un pez, tiene genes de Maíz pero fenotipo propicio al impasse.
Parece absurdo pero es una pregunta fundamental que resurge cada seis años. ¿Podemos ser pez si importamos un par de genes de pez en nuestro cuerpo? Tenemos una elección delante y la taxonomía es inútil sino para vernos reflejados en las diferencias que percibimos ¿Podemos ordenar estos genes que ordenan a los organelos que ordenan a la sociedad? ¿Podemos  realizar una alteración genética que nos aisle de la plaga o de la enfermedad? ¿Si la mente del individuo vive una propiedad emergente y se reconoce a si misma puede la sociedad reconocerse? ¿Si es así, podemos cambiar?
Son dudas honestas.


[1] Para hacer un punto y un argumento. En realidad la taxonomía, especialmente funcional trata sobre las semejanzas entre propiedades emergentes de las especies, la genética trata sobre cachos de información codificada que se transmiten. Existen dos diferencias fundamentales entre la genética y la taxonomía que pasan por la diferencia entre fenotipo y genotipo y la propiedad emergente contra la simple latencia. Esto es más parecido, en sentido estricto, a la diferencia entre historia y ciencia política, la primera es sucesión de hechos e información, la segunda es una pretensión taxonómica, una búsqueda de regularidades aplicables en modelos con capacidad predictiva. 

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