martes, 12 de junio de 2012

La claridad engañosa de #yosoy 132


Existen muchas personas que participan en las marchas, el twitter, el facebook,  pero lo que los une es una preferencia anti-PRI. Comparten un desprecio al sesgo de las empresas televisivas aunado, comúnmente dentro del movimiento a una preferencia por el candidato de la izquierda o un repudio al candidato del PRI.
Los ejercicios por definir el movimiento no han sido concluyentes pero los resultados de la primera asamblea interuniversitaria pasan por el desconocimiento de un resultado electoral si es que resulta adverso a sus preferencias. Esto no quiere decir que todas las personas que participen en la marcha estén a favor de esto, o que de estarlo consideren que el movimiento representa esto, aunque muchos lo consideran una posibilidad si hay una percepción de fraude en los resultados electorales.

Lo que sucede debe ser similar a lo que ocurre con la religión católica donde uno puede adoptar la etiqueta sin dar menor crédito a las partes más macabras de la biblia ni seguir la ideología a detalle, incluso sin realmente conocerla. En ese sentido el movimiento refleja enojo y deseo de acción, elementos típicos pero interesantes que tienen un valor por sí mismos y que desaparecerán después de la coyuntura. Los elementos más peligrosos del movimiento yacen en sus fundamentos ideológicos, creados a posteriori, que se basan en la expectativa de fraude, en el no reconocimiento de los resultados institucionales si no favorecen al candidato de su preferencia y un deseo, sin aclarar como, de “democratización” de medios.

Es en estas ideas donde se encuentra el potencial destructor del movimiento. El desconocimiento de los resultados institucionales es una receta para la destrucción del México democrático moderno, es echar por la borda la construcción de instituciones que respaldan y protegen el ejercicio democrático del voto. Es ante todo la capacidad de ejercer un sesgo selectivo ante las instituciones del estado válidas, las que respaldan nuestros gustos y preferencias, y aquellas que no son válidas, las que dan la victoria a otro, las que protegen a los cárteles mediáticos.

La pretensión democratizadora de los medios es profundamente antidemocrática, la regulación requiere un criterio, el criterio es un sesgo, un discurso de poder, a menudo del centro, del status quo, para muchos #132 de una imaginaria izquierda institucionalizada. Es generar un diagnóstico a partir de un resultado imaginario sin analizar los incentivos que genera nuestra propuesta. La equidad y la libertad son conceptos incompatibles, contradictorios, la equidad dicta el generar mecanismos que redistribuyan, la riqueza, el poder el acceso, es dar poder a un criterio que se pretende superior.

La libertad es permitir el sesgo y la diferencia, el gran problema con los medios del país no es la falta de equidad o la libertad de apoyar con sesgo descarado al grupo de intereses que les convenga u ofrecer un servicio a cambio de un ingreso, ambos elementos de la libre empresa.

El problema es la falta de competencia que genere alternativas y que desconcentre el poder y la pretensión falsa de equidad desde donde construyen su discurso. Una mayor apertura mediante menores costos de entrada, subasta y multiplicación de los canales públicos crearían la impresión favorable de lo que se ha mal conceptualizado como equidad. La rendición de cuentas, de empresas mediáticas privadas y de asociaciones que viven de ingresos públicos como los partidos y el dinero que reciben del IFE, permitirían tanto aumentar la diversidad de opiniones, disminuir la concentración de poder y aclarar los sesgos existentes. No hay delito en la venta de contenidos ni de tiempo, las preguntas relevantes legalmente tienen que ver con el origen de los fondos y las condiciones impuestas para nivelar[1] las elecciones, esa es la discusión. ¿Está el sector abierto? ¿Privilegiamos a un cartel mediático? ¿La colusión bajo las reglas actuales pone en peligro la contienda? Son preguntas válidas que hace mucho tiempo requieren respuesta.

El pretender democratizar medios (¿según qué criterio?), desconocer al árbitro (“se está gestando un fraude”), hacer un movimiento “ciudadano” que representa sólo a los que apoyan cierto candidato (una importante y valiosa minoría[2]) y pretender que sus decisiones sean universales son delirios de un borrachera de poder. El movimiento llena un importante vacio coyuntural con una plataforma ambigua que cuando ha pretendido definirse cae en la autocomplacencia, el exceso, y el desconocimiento institucional. En esta toma de conciencia las juventudes incurren en cosas que superficialmente son deseables pero constituyen el germen de un aparato autoritario, autoritarismo que parece ser el corazón de todo movimiento que pretende tener toda la verdad.


[1] Uso la palabra nivelar pero no quiero decir igualar, ni equidad en la contienda, el IFE no genera elecciones en condiciones de igualdad, un ejemplo es que el principal criterio para repartir dinero es el status quo, la cantidad de votos obtenida en las elecciones anteriores.
[2] Tal vez primer minoría, veremos si gana AMLO.

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