domingo, 19 de diciembre de 2010

La Próxima Frontera

En el análisis económico es común tomar por sentado diversos supuestos, entre ellos el de los beneficios marginales decrecientes. Dada una parcela podemos invertir en insumos, semilla, trabajo, abono, tractores. Primero gastaremos en aquello que nos brinde mayores rendimientos, eventualmente llegaremos a un punto donde el gasto adicional no compensa el aumento en la producción, debido a los rendimientos decrecientes hemos llegado a nuestro óptimo productivo.

Este comportamiento no es necesariamente cierto en ciertos rangos de producción. El contraejemplo son las empresas que pueden disminuir sus costos entre más invierten. En una parcela pequeña un tractor no tiene mucho uso, es más caro su mantenimiento que los beneficios que brinda, pero ante grandes extensiones de terreno puede disminuir los costos de la mano de obra. Este tipo de costos, que decrecen con el volumen se llaman economías de escala.

Cuando existen economías de escala en un gran rango de producción dan lugar a lo que se conoce como “monopolios naturales”, generalmente asociados a sectores donde producir poco es muy costoso y mucho es muy barato, como petróleo, electricidad, telecomunicaciones. Sin embargo la capacidad de un monopolio de fijar precio suele generar rendimientos extraordinarios a estas empresas, sin que estas tengan en su interés necesariamente proveer la cantidad óptima de este bien, por ello los monopolios naturales suelen ser propiedad del Estado o sujetos a una fuerte regulación (aunque conocemos importantes excepciones).

Las economías de escala de la producción agrícola explican la disminución del rendimiento de otro insumo, la mano de obra, y la urbanización de las ciudades producto de la expulsión de mano de obra en el campo. Todos estos cambios son  asociados a la revolución industrial, son un ejemplo de cómo un cambio tecnológico conlleva un cambio social; en el fondo son inseparables.

La revolución tecnológica, producto, en su mayor parte, de los avances surgidos de la segunda guerra mundial y las aplicaciones militares de la guerra fría ha generado un nuevo tipo de economías de escala, las de almacenamiento y proceso de información.
Hoy es común tener en la mano un aparato de comunicación celular con centenares de veces la capacidad de proceso que todos los ordenadores existentes hacia el final de la segunda guerra mundial.

Esto es una tendencia que ha seguido un comportamiento exponencial relativamente uniforme, una de las descripciones más recurridas de este fenómeno es la llamada “Ley de Moore” originalmente formulada para describir la duplicación en la velocidad de las computadoras[1], que ocurre cada 18 meses.

A principios de este milenio entramos a una nueva etapa donde existen las condiciones para la existencia de un nuevo tipo de empresas monopólicas o dominantes que aprovechen las economías de escala para brindar servicios que no podría proveer una empresa menor.
Estos cambios son producto de un tipo de rendimiento creciente subyacente, el del desarrollo tecnológico. Las herramientas sencillas nos permiten hacer herramientas complejas, las herramientas complejas nos permiten hacer herramientas exponencialmente, respecto a las primeras, más complejas.

La velocidad del progreso se acelera, el tiempo entre cada salto tecnológico se hace cada vez menor, la distancia entre el fuego y la imprenta es mayor que la existente entre la máquina de vapor y el microchip.

El avance tecnológico es un proceso que no existe propiamente dentro de la existencia física, existe dentro de una “metaesfera” que agrupa el conocimiento y la información, esta esfera no tiene barreras físicas, no existe un límite que desacelere el proceso acumulativo, aunque nuestra capacidad de comprensión de este fenómeno se encuentre limitada. Las capacidades humanas están sujetas a una evolución mucho más lenta que la del mundo que nos rodea, una evolución biológica, no tecnológica.

Esta disparidad ha inspirado a ciertas escuelas contemporáneas como los transhumanistas o los singularatianos a imaginar una “singularidad”, un cambio radical de paradigmas, un parteaguas. La singularidad es una propiedad emergente del sistema, es decir que no es predecible por las condiciones actuales de éste, es de alguna forma la superación del sistema a través de algo más.

Los planteamientos de estos grupos son importantes aunque sea como meros ejercicios intelectuales. ¿Cuál es el límite al desarrollo tecnológico? ¿Cómo alterará la conformación de la sociedad el aumento de la información disponible a las sociedades futuras?

Una de las formas de esta singularidad, probablemente la más común, es la idea de una inteligencia artificial de alcance comparable a la humana. Esto puede sonar, para muchos, descabellado, pero las barreras físicas para lograr esto están desapareciendo, las capacidades de una computadora se acercan, en términos de velocidad de operaciones, a las de un humano. El generar una inteligencia superior a la humana pronto dejará de ser un problema de “hardware” y empezará a ser un problema de “software”.

Dentro de los grupos que esperan ver un cambio cualitativo en el mundo se encuentran quienes consideran que el hombre logrará la inmortalidad y el aumento de sus capacidades a través de la transformación y alteración física de su organismo (transhumanistas), quienes ven en el incremento en la complejidad de nuestras herramientas el potencial para la creación de organismos auto sustentables que generen complejidad creciente (singularatianos), también quienes ven en las redes sociales y en la acumulación de información colectiva y de uso compartido la semilla de un organismo que supere la individualidad humana.

Los grandes saltos cualitativos en la historia humana han sido caracterizados por un cambio en los pagos relativos, en muchos casos motivado (o reflejado) por una invención. Las grandes revoluciones suelen caracterizarse por un invento, el sedentarismo por la agricultura[2], el fin del feudalismo por la artillería, la revolución industrial por la máquina de vapor.

Esta nueva revolución está representada por el ordenador personal, su principal producto es un aumento exponencial en la información generada y su característica principal es que no está caracterizada por un salto único, sino por una aceleración constante en el cambio. Si el progreso tecnológico pudiera ser visualizado como el descenso en un pendiente las anteriores revoluciones son escalones mientras que la revolución es una resbaladilla de pendiente creciente, la singularidad; el principio de la caída libre.

Los grandes cambios estructurales todavía no son claramente predecibles, dependen de el ritmo de crecimiento en la complejidad y que este crecimiento encuentre alguna aplicación, ambas condiciones, hasta el momento, se han mantenido.

Esta es la primer revolución que no parece detener su paso, que amenaza con volverse permanente, con transformar cada día más rápido el mundo.


[1] La ley de Moore predice, aunque existen distintas versiones, que el número de circuitos integrados de un chip de costo promedio se duplicará cada 18 meses, esta “Ley” describe el aumento en la complejidad de los chips, no estrictamente su velocidad, aunque es un buen estimado de está.
[2] Difícilmente puede llamarse a la agricultura un invento, en este caso es una práctica probablemente motivada por el aumento en la productividad de las plantas producto de la selección genética manual de aquellas con mayores rendimientos.